Para viajar y volar

  • Ramona Córdova
  • Alicia en el país de las Maravillas
  • Haruki Murakami
  • Improvisar, improvisar
  • Los Desiertos
  • Frida Kahlo
  • La Ciencia del Sueño
  • Abbas Kiarostami
  • Cien años de Soledad
  • Amelie
Mostrando entradas con la etiqueta Mi Buenos Aires querido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mi Buenos Aires querido. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de junio de 2010

LOS ÁNGELES DE BUENOS AIRES TOMAN CAFÉ. 2

Café de los Angelitos

Dorys no es un ángel. Pero como si lo fuera. Ella nos habla de Los Angelitos. Ni lerda ni perezosa le pregunto la dirección exacta y mirando el mapa de subtes, me sitúo. Me imagino, ansiosa, en ese lugar mítico y porteño, del barrio de Once.

Y de nuevo nos dejamos perder con Gigi. Esta vez en el subterráneo. Hablando de viajes, de sueños, deseamos extraviarnos. Varias veces nos pasamos de estación y debemos volver hacia atrás. Siempre alguien que nos pide el plano, nos auxilia, nos aconseja, nos dice que ya debemos bajar. Se nos ha hecho costumbre eso de ser tan distraídas. Algo primordial, casi necesario.

Pensamos si algún día llegaremos al café. Caminamos por Rivadavia y en la esquina de Rincón lo divisamos. Una emoción oculta nos embarga. Muy distinto al Tortoni, una esquina con enormes vidrieras y un vitreaux muy llamativo en la puerta de entrada. Aquí no hay que hacer cola.

Enseguida percibo el aura de los viejos cafés. Las pequeñas mesas y sillas de madera, sencillas pero lustrosas, sobre esos pisos que parecen unos tapices de marrones, beiges y chocolates. Es un día feriado y la gente se ve tranquila ocupando las mesas de a dos. Algunos con cafés, otros con almuerzos. Pensar que los que venían a este café en las viejas épocas no eran para nada unos angelitos. De ahí su irónico nombre.

Nos sentamos en las mesas de almorzar, las que tienen el cubierto puesto. Ñoquis y tostados pedimos. No puedo dejar de observar el hermoso techo con molduras y dorados. Una gran araña y en la enorme pared fotos en blanco y negro de nuestras celebridades: Jorge Luis, el chueco Fangio, Hugo del Carril, Pichuco Troilo y su bandoneón bajo una lluvia de estrellas, Santos Discépolo y en el centro, el lugar de honor, un pastel de Carlos Gardel.

Me dejo llevar por el telón colorado de las orquestas típicas, la pila de pan dulces bajo la pareja tanguera al estilo Tiffany, la escalera que baja al baño con alfombra rojo Oscars, el tipo en musculosa de la mesa del fondo, el ir y venir de los mozos y bandejas, la gente que pasa frente a las enormes vidrieras.

Aspiré profundo y mirando hacia arriba pude ver los ángeles volar.

LOS ÁNGELES DE BUENOS AIRES TOMAN CAFÉ. 1

Café Tortoni

Caminamos por calle Florida dejándonos llevar por la marea de andantes presurosos y aludiendo a las fotografías de la Dama Parisina. Que agradable es abandonarse a las horas, al devenir de un día cualquiera de diciembre. Donde podríamos comer si ya es mediodía, nos preguntamos en voz alta. En una esquina, no sé cual, no importa su nombre; uno de esos hombres que aparecen como por arte de magia pone en nuestros oídos el nombre del Café Tortoni.

-Ese hombre nos habló y luego desapareció- dice Gigi.
-Ese hombre era…-digo.
-Un ángel! – dice Gigi.
-Eso es! Gracias por decirlo!- (digo aliviada)

Nos miramos como desde otro lugar, viendo nuestros ojos brillar.

Ahí estamos en Avenida de Mayo al 800, haciendo la fila de rigor en café tan célebre y concurrido. Cuando vemos salir a la Dama Parisina y sus compañeras del lugar, confirmamos nuestra fantástica sospecha. Este no es un día cualquiera de diciembre y las señoras nos han dejado su mesa.

La dimensión del Tortoni me dejó boquiabierta. Si las palabras tuvieran algún valor en ese momento les diría que se siente. Se siente el ambiente tanguero y malevo del 900, en medio de ese boulevard a la parisina. Se sienten las acaloradas charlas literarias en torno a las pequeñas mesas. Se escucha la voz cansada de Borges; se presiente la mirada melancólica de Alfonsina; mientras una luz destella en la sonrisa del Zorzal. La puerta se abre violentamente y un par de turistas rubios accionan su cámara y la puerta se vuelve a cerrar. Retorno a la realidad.

Llega el mozo con los sándwiches y el café. Un diario se despliega en la mesa de al lado. Cada una de ellas es un planeta en movimiento en esta gran galaxia. Ante la mirada cómplice de uno de los mozos me levanto cámara en mano con intención de desafiar el laberinto y como Alicia traspasar el gran espejo que magnifica la dimensión del café. Y me pierdo.

Una mujer a lo Modigliani llora lágrimas negras, desde sus ojos vacíos. El payaso le sonríe con sarcasmo.
La rubia y la morocha comparten fantásticamente el espacio de un tango.¿Tita habrá cantado a la Mireya?
El salón oscuro con telón rojo espera a que el público llegue y empiece la función. En la antigua peluquería un hombre solitario almuerza en penumbras. Un grupo de alemanes abandona una de las salas del Tortoni. Quisiera nunca escapar de ese laberinto.

lunes, 24 de mayo de 2010

BAJO CIELO PALERMITANO

Situación

En un miércoles soleado de diciembre, entre la mañana casi perdida y una tarde calurosa, se ven reflejos coloreados en ese cielo completamente despejado.

Palermo Soho no se encuentra en Italia ni en New York. Palermo Soho es un barrio bien porteño, aunque la condición de serlo, sea algo así como un patchwork con retazos de todo el mundo. En sus estrechos pasajes conviven el arte libre y espontáneo, los stencils sin estrenar, los aerosoles en mano. Las puertas se transforman en obras informales. Las casas abandonadas se miran con las magníficas residencias ocultas por altas puertas y paredones coloridos. Cuelgan banderines como esperando un carnaval de máscaras y espumas. En los callejones palermitanos se camina a otro ritmo. Un ritmo que privilegia la mirada atenta, el detalle, la cámara presta, la multiplicidad de tomas.

Aquí se rinde un culto extremo a la creatividad, la originalidad. Palermo Soho es sibarita, le gustan los platos exóticos, los ambientes exclusivos, los bares donde el arte se mezcla con los licuados. De vuelta los “ramos generales”: se compra ropa, se escucha música, se adquiere el CD, y luego se descansa tomando un trago sin moverse del sitio.

Flashes

La belleza está en los contrastes: En la esquina de Costa Rica y Jorge Luis Borges, Gardel vestido de blanca y negra intemporalidad disfruta de un helado. Un turista oriental se pierde y se encuentra. ¿Le habrá preguntado cómo llegar?

Nuevas formas de comunicación:
Una tapa del medidor eléctrico es una especie de pizarrón donde los adolescentes dejan sus mensajes de compra y venta, recitales, o un remissero o un gasista. En un carrito cafetero se ofrece una cocina Longvie, muy buena de tres hornallas. Sólo se trata de expresar. Marketing gasolero.

Naturaleza o civilización: Aún en medio del cemento una casa añora ser bosque y lo hace sin dudas ni reparos. Sólo puedo imaginar a los insectos y pequeños reptiles queriendo penetrar en la residencia. Alambre tejido, por favor.

Arte y Psicoanálisis:
Dicen que donde hay un argentino, el psicoanálisis anda cerca. Sólo puedo decir que todo es un arte. En las paredes de Palermo está dicho: Si quiero evoluciono. Si quiero no fumo. Si quiero te declaro mi princesa. Todo está en querer. Que simpático. http://www.arte-psicoanalisis.blogspot.com/

Algunos fantasmas:
Un colectivo inglés de dos pisos se mueve por el Soho anunciando Chelsea como destino. Viajes mentales, imaginarios, viajar como sea. ¿Qué es lo que no se ve en Buenos Aires?

Conceptualismo y confort:
¿Cuánto podría costar ese blanco sofá lleno de pintadas fluorescentes? No lo sé, pero es seguro que mi padre no lo compraría. El lujo tiene pensamiento e intelectualidad por estos lares. Creían que era sólo cuero y buena madera?

Instrucciones para andar por el Soho (palermitano)

Llevar un ritmo lento como si siempre fuera verano.

Cargar un par de pilas extra, las postales son únicas.

Recargar energías en un bar al aire libre.

No dejarse marear por tanta creatividad.

¿Cada sitio tiene su propio cielo?

Si el cielo fuera un espejo sería un cielo particular. Reflejaría ese barrio, esa ciudad, ese río, ese desierto y a nosotros mismos caminando entre nubes, los coches rojos contrastarían perfecto con el azul turquesa del verano. Los caminantes nocturnos podrían pasear por las calles esquivando estrellas. No lo sé. Ideas que me abordan caminando por Buenos Aires.

viernes, 7 de mayo de 2010

UNA EXCURSIÓN A LA PEQUEÑA CHINA

Últimamente ramalazos de la cultura oriental toda han estado entrando en mi vida en forma de influyentes ráfagas y oleadas. El milenario I-Ching, libro de los cambios; con sus ciclos de quietud, movimiento, desborde y ese deseo de dejarse fluir como las aguas de la existencia, las estampas japonesas ("La Gran Ola" poderoso grabado de Ando Hiroshige), imágenes de durazneros, dragones y samurais. Cuestión es que tanta orientalidad ambiente motivó un acercamiento hacia esta cultura.

Solución: Pasaje en avión al Lejano Oriente; varios miles de euros que no tengo y un tiempo precioso que también escasea. Imposible.

Plan B: Tren Metropolitano La Plata- Buenos Aires; 2,50 $ ida y vuelta. Subte línea C y combinación con línea D; 1,40. Una cámara y muchas ganas orientales.

El barrio chino

Este pintoresco rinconcito existe en el coqueto barrio de Belgrano, en la zona norte de la Capital Federal. Se puede llegar en la línea D del subterráneo, bajando en la estación Juramento y caminando 5 cuadras aproximadamente por la avenida que lleva el mismo nombre, hasta encontrar y cruzar las vías del tren y toparse con la calle Arribeños. El barrio comercial ocupa tal vez dos manzanas y sus calles aledañas: Montañeses, Mendoza, Olazábal y la nombrada Arribeños. El lugar me pareció muy tranquilo a pesar del movimiento continuo, al menos por el mediodía y primeras horas de la tarde. En sus veredas y calles deambulan personas de esta cultura junto con forasteros y turistas; que como yo; van al encuentro de ojos rasgados, objetos mágicos y menúes exóticos.

Fotos y souvenirs


Comencé recorriendo los locales de objetos típicos y pretendiendo capturar con mi cámara todo lo que me causara admiración. Por supuesto preguntando amigablemente si me dejaban hacerlo. La primera reacción fue una mirada de extrañeza y desconfianza; pero luego ante un movimiento de cabeza que sonaba a algo así como: adelante..., me abandoné enfocando budas sonrientes y rebosantes, lámparas multicolores cual globos que se escaparon, mariposas, gatos de la suerte tipo animeé, kimonos y sapos. Pasado un rato las caras de los vendedores me comunicaron que las fotografías no eran lo que más les gustaba, así es que decidí en adelante ser más sutil y esperar la oportunidad.


Así entre peces articulados, dragones con su aliento cósmico, palitos, pinceles milenarios y masajeadores, compramos regalos para la familia y los amigos: todo para la buena fortuna, todo para la abundancia, la prosperidad y las relaciones equilibradas (evidentemente los ritos para mantener viva la fé son comunes a todas la culturas) Muy gracioso de ver los papa noeles con sus barbas y pieles junto al panteón de deidades orientales, y siempre muy interesante el mestizaje de las culturas disímiles.

La foto que me perdí

En la puerta de una peluquería llamada "Estrella" hay una nenita de 5 años tal vez, con su sedoso pelo negro y sus ojitos rasgados en medio de una carita preciosa. Una muñeca china con su vestidito blanco de flores rojas, puntillas, lazos y volados. Está congelada como en un cuadro, sonriendo hacia todo lo que pasa por la calle, quizás viendo algo que nadie percibe... Cuando logro sacar y encender la cámara, ella se está yendo de la mano de su mamá; aunque de espaldas intento capturar su imagen... lo único que consigo son las luces traseras de un auto. Algo así como una estrella fugaz... un destello de belleza que no se puede atrapar... Una lástima... si hubiera logrado esa foto tendría una hermosa síntesis de mi viaje al barrio.

El mercado

Luego de preguntar al vendedor de souvenirs encontramos sobre calle Mendoza el gran supermercado: productos típicos por doquier, tipografías extravagantes, envases con caras sonrientes al estilo animador de TV y una gigantografía de la Muralla China en todo el ancho del súper. Dedicamos largo rato a mirar las góndolas con curiosidad y extrañeza: conservas de bambú, sopa de maní, jugo de jazmín, postre de mandioca, huevas de pescado, navajas, extrañas mutaciones de frutas y verduras... ¿alguna vez podré probar todo esto? En el súper hay un restaurant al paso, una chica oriental y un ejecutivo seguramente argentino comen fideos de arroz salteados con algún tipo de verduras... si no hubiera almorzado ya; de hecho me hubiera sentado con la chica y el ejecutivo (la próxima vez será.)

Una parejita de adolescentes de Belgrano buscan con una lista en la mano los
ingredientes para hacer sushi, que seguro compartirán con sus amigos el fin de semana junto con la anécdota de semejante aventura. Familias chinas, japonesas, tal vez? Quién sabe? pasan con sus carritos repletos, ellos no dudan al tomar los productos de los estantes. Mujeres solas, vegetarianas, naturistas o macrobióticas cargan algunas pocas cosas en sus canastos. Salimos del súper. Al ver un calamar rebalsando sus tentáculos de la balanza que hay en la caja pienso en cuan diferentes somos. En la puerta del mercado hay un puestito en el que dos chicos fríen brochettes de pollo, vaca y cerdo; para quienes realmente gustan o (tienen que comer al paso)

Museo Enrique Larreta


Me entero de que a 4 o 5 cuadras del barrio y justamente volviendo por el camino que ya hice se encuentra esta casa museo, exactamente en el encuentro de calle Juramento y Vuelta de Obligado. Originalmente quinta, en una zona que a principios de siglo XX era lugar de residencias veraniegas y propiedad de Enrique Larreta, escritor, amante de la religión, la historia y el arte, empeñado en recrear en su mansión ambientes españoles góticos y barrocos. Recorriendo las habitaciones pude ver maravillada, retablos de la escuela Sevillana, escenas policromadas de la vida de Cristo, esculturas góticas de caricaturescas proporciones, un San Bartolomé aplastando con su pie a un pequeño diablito, tapices del 1500, armaduras, lanzas y todo tipo de reliquias antiguas. Hay varias obras de artistas famosos, junto a un retrato descomunal de Don Enrique con fondo de la ciudad de Ávila pintado por Ignacio de Zuloaga. Todo esto en medio de una luz tenue, una frescura primigenia y una música al tono que me hicieron retroceder varios siglos en el tiempo. En el interior del museo no permiten sacar fotografías.

El jardín laberinto

Una vez caminadas las habitaciones se abre la puerta al jardín, que más que jardín es un parque. La simulación de un laberinto de verdes y macizos arbustos, pequeños senderitos con campos de hortensias y flores violetas, junto a zonas más salvajes y algunos gatos que asoman de la alfombra verde. Esculturas de artistas reconocidos se mimetizan con la vegetación, un árbol grueso y centenario, y en el cruce de los senderos centrales una fuente custodiada por cuatro sapos (tal vez príncipes esperando el beso salvador.) Gente descansando en los bancos, varios chicos que juegan y parejas sacando fotos. Increíble la aparición de este bosque en medio de tanto frenesí...

El encargado del Museo, con muchas ganas de conversar, nos cuenta anécdotas de los descendientes de Larreta y nos avisa de la existencia del Museo de Escultura de Rogelio Yrurtia a 6 cuadras de éste. (Yrurtia presentó un proyecto de monumento que fue rechazado por su alto costo y en su lugar se levanta el Obelisco) Será para la próxima; le digo, por hoy ya he visto suficiente. Misión cumplida me digo; que excursión tan fructífera! Y con los ojos un poquitos achinados bajo la escalera y de nuevo a la oscuridad del subterráneo.