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viernes, 7 de mayo de 2010

UNA EXCURSIÓN A LA PEQUEÑA CHINA

Últimamente ramalazos de la cultura oriental toda han estado entrando en mi vida en forma de influyentes ráfagas y oleadas. El milenario I-Ching, libro de los cambios; con sus ciclos de quietud, movimiento, desborde y ese deseo de dejarse fluir como las aguas de la existencia, las estampas japonesas ("La Gran Ola" poderoso grabado de Ando Hiroshige), imágenes de durazneros, dragones y samurais. Cuestión es que tanta orientalidad ambiente motivó un acercamiento hacia esta cultura.

Solución: Pasaje en avión al Lejano Oriente; varios miles de euros que no tengo y un tiempo precioso que también escasea. Imposible.

Plan B: Tren Metropolitano La Plata- Buenos Aires; 2,50 $ ida y vuelta. Subte línea C y combinación con línea D; 1,40. Una cámara y muchas ganas orientales.

El barrio chino

Este pintoresco rinconcito existe en el coqueto barrio de Belgrano, en la zona norte de la Capital Federal. Se puede llegar en la línea D del subterráneo, bajando en la estación Juramento y caminando 5 cuadras aproximadamente por la avenida que lleva el mismo nombre, hasta encontrar y cruzar las vías del tren y toparse con la calle Arribeños. El barrio comercial ocupa tal vez dos manzanas y sus calles aledañas: Montañeses, Mendoza, Olazábal y la nombrada Arribeños. El lugar me pareció muy tranquilo a pesar del movimiento continuo, al menos por el mediodía y primeras horas de la tarde. En sus veredas y calles deambulan personas de esta cultura junto con forasteros y turistas; que como yo; van al encuentro de ojos rasgados, objetos mágicos y menúes exóticos.

Fotos y souvenirs


Comencé recorriendo los locales de objetos típicos y pretendiendo capturar con mi cámara todo lo que me causara admiración. Por supuesto preguntando amigablemente si me dejaban hacerlo. La primera reacción fue una mirada de extrañeza y desconfianza; pero luego ante un movimiento de cabeza que sonaba a algo así como: adelante..., me abandoné enfocando budas sonrientes y rebosantes, lámparas multicolores cual globos que se escaparon, mariposas, gatos de la suerte tipo animeé, kimonos y sapos. Pasado un rato las caras de los vendedores me comunicaron que las fotografías no eran lo que más les gustaba, así es que decidí en adelante ser más sutil y esperar la oportunidad.


Así entre peces articulados, dragones con su aliento cósmico, palitos, pinceles milenarios y masajeadores, compramos regalos para la familia y los amigos: todo para la buena fortuna, todo para la abundancia, la prosperidad y las relaciones equilibradas (evidentemente los ritos para mantener viva la fé son comunes a todas la culturas) Muy gracioso de ver los papa noeles con sus barbas y pieles junto al panteón de deidades orientales, y siempre muy interesante el mestizaje de las culturas disímiles.

La foto que me perdí

En la puerta de una peluquería llamada "Estrella" hay una nenita de 5 años tal vez, con su sedoso pelo negro y sus ojitos rasgados en medio de una carita preciosa. Una muñeca china con su vestidito blanco de flores rojas, puntillas, lazos y volados. Está congelada como en un cuadro, sonriendo hacia todo lo que pasa por la calle, quizás viendo algo que nadie percibe... Cuando logro sacar y encender la cámara, ella se está yendo de la mano de su mamá; aunque de espaldas intento capturar su imagen... lo único que consigo son las luces traseras de un auto. Algo así como una estrella fugaz... un destello de belleza que no se puede atrapar... Una lástima... si hubiera logrado esa foto tendría una hermosa síntesis de mi viaje al barrio.

El mercado

Luego de preguntar al vendedor de souvenirs encontramos sobre calle Mendoza el gran supermercado: productos típicos por doquier, tipografías extravagantes, envases con caras sonrientes al estilo animador de TV y una gigantografía de la Muralla China en todo el ancho del súper. Dedicamos largo rato a mirar las góndolas con curiosidad y extrañeza: conservas de bambú, sopa de maní, jugo de jazmín, postre de mandioca, huevas de pescado, navajas, extrañas mutaciones de frutas y verduras... ¿alguna vez podré probar todo esto? En el súper hay un restaurant al paso, una chica oriental y un ejecutivo seguramente argentino comen fideos de arroz salteados con algún tipo de verduras... si no hubiera almorzado ya; de hecho me hubiera sentado con la chica y el ejecutivo (la próxima vez será.)

Una parejita de adolescentes de Belgrano buscan con una lista en la mano los
ingredientes para hacer sushi, que seguro compartirán con sus amigos el fin de semana junto con la anécdota de semejante aventura. Familias chinas, japonesas, tal vez? Quién sabe? pasan con sus carritos repletos, ellos no dudan al tomar los productos de los estantes. Mujeres solas, vegetarianas, naturistas o macrobióticas cargan algunas pocas cosas en sus canastos. Salimos del súper. Al ver un calamar rebalsando sus tentáculos de la balanza que hay en la caja pienso en cuan diferentes somos. En la puerta del mercado hay un puestito en el que dos chicos fríen brochettes de pollo, vaca y cerdo; para quienes realmente gustan o (tienen que comer al paso)

Museo Enrique Larreta


Me entero de que a 4 o 5 cuadras del barrio y justamente volviendo por el camino que ya hice se encuentra esta casa museo, exactamente en el encuentro de calle Juramento y Vuelta de Obligado. Originalmente quinta, en una zona que a principios de siglo XX era lugar de residencias veraniegas y propiedad de Enrique Larreta, escritor, amante de la religión, la historia y el arte, empeñado en recrear en su mansión ambientes españoles góticos y barrocos. Recorriendo las habitaciones pude ver maravillada, retablos de la escuela Sevillana, escenas policromadas de la vida de Cristo, esculturas góticas de caricaturescas proporciones, un San Bartolomé aplastando con su pie a un pequeño diablito, tapices del 1500, armaduras, lanzas y todo tipo de reliquias antiguas. Hay varias obras de artistas famosos, junto a un retrato descomunal de Don Enrique con fondo de la ciudad de Ávila pintado por Ignacio de Zuloaga. Todo esto en medio de una luz tenue, una frescura primigenia y una música al tono que me hicieron retroceder varios siglos en el tiempo. En el interior del museo no permiten sacar fotografías.

El jardín laberinto

Una vez caminadas las habitaciones se abre la puerta al jardín, que más que jardín es un parque. La simulación de un laberinto de verdes y macizos arbustos, pequeños senderitos con campos de hortensias y flores violetas, junto a zonas más salvajes y algunos gatos que asoman de la alfombra verde. Esculturas de artistas reconocidos se mimetizan con la vegetación, un árbol grueso y centenario, y en el cruce de los senderos centrales una fuente custodiada por cuatro sapos (tal vez príncipes esperando el beso salvador.) Gente descansando en los bancos, varios chicos que juegan y parejas sacando fotos. Increíble la aparición de este bosque en medio de tanto frenesí...

El encargado del Museo, con muchas ganas de conversar, nos cuenta anécdotas de los descendientes de Larreta y nos avisa de la existencia del Museo de Escultura de Rogelio Yrurtia a 6 cuadras de éste. (Yrurtia presentó un proyecto de monumento que fue rechazado por su alto costo y en su lugar se levanta el Obelisco) Será para la próxima; le digo, por hoy ya he visto suficiente. Misión cumplida me digo; que excursión tan fructífera! Y con los ojos un poquitos achinados bajo la escalera y de nuevo a la oscuridad del subterráneo.

miércoles, 5 de mayo de 2010

¿DÓNDE ESTÁ EL VALLE DE LOS MACHOS?


Nuestra llegada a Tupiza fué absolutamente casual, o si puede decirse una serie de coincidencias del sincrodestino. Con Marcela nos encontramos en Tucumán ( las dos viajábamos solas) y ahí nos separamos con la promesa de encontrarnos en La Quiaca para cruzar a Bolivia.

Dos ángeles caídos

Al momento de sellar los pasaportes en la parte argentina, notamos que el problema estaba del lado boliviano: una larga cola que decía por lo menos dos horas de espera bajo el sol. Nos dispusimos a hacer la fila de mala gana, cuando de repente aparece Luisa Siriani, una suiza mitad francesa mitad italiana, que con simpatía y soltura se ofreció a preguntar si esa cola "era para nosotras". No sé como se las arregló pero al minuto estábamos en la oficina, saludadas atentamente y llenando nuestras boletas de viajero. El empleado dijo que Luisa parecía un ángel en la foto del pasaporte y le dimos la razón. Evitamos la larga cola, reconozco que no hicimos bien, eso fué trampa, pero perdíamos nuestro tren a Uyuni y al ver la oportunidad no lo pensamos demasiado. Cambiamos pesos a bolivianos, Marcela miró ropa y buscamos un lugar para comer. Sentadas en la agencia Imperio Inca, que hace también de resturant, Luisa dijo: yo voy para Tupiza... con Marcela nos miramos y dijimos por qué no? Vamos. Cuestión que a minutos de sacar el pasaje Luisa decidió que su tiempo no alcanzaba, debía ir directo a Uyuni. Nuestro ángel de pronto despareció junto con dos compatriotas y seguimos viaje solas con Marcela.

Tavesía altamente adrenalínica y stressante: curvas, subidas, bajadas, cosquillas en el estómago, muchos bocinazos , precipicios que cortaban la respiración... y yo en la delantera del micro, del lado de la ventanilla y con los ojos bien abiertos. Llegamos a Tupiza, mi cabeza parecía a punto de explotar, la mochila se hacía sentir sobre mi espalda... bueno, ya va a pasar... Empezamos a buscar hostel, no teniamos idea. En un negocio de comida a la calle le preguntamos a un chico con pinta de yanquee si sabía de alguno: "Renacer Chicheño" dijo. No entendimos demasiado la explicación pero seguimos después de agradecerle. Entramos en uno que nos pareció caro y en una especie de callejón vimos un cartel con una flecha que conducía a "Renacer..." Estabámos mirando la habitación, entusiasmadas por el precio cuando apareció el supuesto yanquee, finalmente lituano, sorprendido porque le habíamos ganado de mano. Cuando le preguntamos el nombre (esperando un amasijo de consonantes) se sonrió y dijo: Jesús. Que sorpresa. Parecía otro envíado del cielo.

¿Vamos al Valle de los Machos?

Jesús finalmente resultó ser nuestro compañero de habitación. A la mañana siguiente apareció con un paquete de facturas y la siguiente propuesta: ¿Vamos al Valle de los Machos? Risas y preguntas. ¿que habrá en ese famoso valle? Muchos hombres clavados en el suelo gritando al mismo tiempo: yo soy muy macho!!! Al mediodía fuimos a una feria que creimos artesanal (buscabámos bombilla) y resultó ser un mercado de ropa, cosméticos y artículos varios. Recorrimos. Y en la feria típica compramos para cocinar. A eso de las 2 emprendimos una visita a la "Feria de los Jueves" alejada del centro, donde los campesinos exponen y venden sus productos. Vimos cosas desconocidas, papas chiquitas y de colores y nos dieron a probar miel de caña en cachos. ¿Será muy temprano para ir al valle? pregunté. Vamos dijeron. No conseguimos agua chica por ningún lado, así que nuestro amigo cargo una de 5 litros en su mochila.


Mauricio, el dueño del hostel dijo que había que seguir las vías del tren hasta llegar a un camino perpendicular. Eso hicimos mientras sacabámos fotos y Marcela filmaba. ¿Iremos bien? no recuerdo quien preguntó. Y al ver a un hombre que pasaba en bici le consulté. Sigan por esa cortada. Nos metimos por un callejón con árboles y sombra. Seguimos hasta que pareció que el camino terminaba. ¿Y ahora? Allá a lo lejos apareció un galpón, camiones y gente. Empresa minera, tal vez. De nuevo pregunté (Marcela dice que lo hago excesivamente) Y seguimos por un camino allá arriba y por el que antes había pàsado un camión.

Sigzagueante, rocoso, con algunas grietas que debimos saltar bajar trepar, emprendimos la aventura. Pasamos por un basurero, olor muy feo, autos, zapatos de mujer, flores de plástico... Jesús sacaba fotos a la basura, indignado, no entendía como la gente no cuidaba este lugar. El sol castigaba nuestras espaldas, tomábamos mucha agua tratando de restar a los 5 litros. Abandonamos el botellón con la promesa de recuperarlo a la vuelta. Caminamos, caminamos, y en una curva, allá abajo vimos un cementerio de la zona. Jesús bajó por la pendiente, nosotras seguimos por el camino; más largo y fácil. Saqué fotos: me llaman la atención esos pequeños lugares de la muerte, con pocas tumbas, flores de plástico y muchos espacios esperando. ¿Por dónde seguimos ahora? De pronto una camioneta y un camino allá lejos. Corrimos. Preguntamos. Es acá nomás. Suban. Y al segundo nos estábamos tambaleando agarrados de las maderas mirando el paisaje que se arrojaba al vacío. Acá se bajan dijo una de las chicas... Son 5 bolivianos entre los tres dijo la mujer que iba adelante. Nos miramos estupefactos un rato y la camioneta se fué. Acá evidentemente el " a dedo " no existe...

Seguimos por el caminos que nos indicaron. Vimos un cartel que decía: "Cañón del Duende". Más adelante las montañas formaban una gran abertura: "La Puerta del Diablo". La traspasamos y agotados nos sentamos sobre una gran piedra; hicimos silencio, vimos un pequeño arroyito, realmente minúsculo y nos relajamos escuchando el sonido del agua entre las piedras. Jesús nos sacó fotos en la puerta del innombrable y decidimos que estábamos muy cansados para seguir hasta el Valle, 2 km. más arriba. Operación abortada. Estábamos deseperados por probar el pollito que por 9 bolivianos nos habían ofrecido en la avenida Araya. Volvamos. Jesús dijo: les tengo una propuesta ( ayyy Jesús y sus propuestas) cortemos camino por la montaña. No rotundo. Seguimos por el camino. Bueno, las espero en el cementerio. Bajamos despacio, haciendo chistes, sacando fotos, filmando. El cementerio vacío. Nos sentamos a descansar. ¿Qué se habrá hecho Jesús? Lo imaginamos perdido en las montañas, tratando de trepar o bajar por empinadas paredes, sin ayuda de ningún tipo. Gritamos su nombre a dúo, varias veces. Nada. Vamos, se está haciendo de noche, debe estar en el hostel ya bañado y recostado, y nosotras gritando como dos tontas. Llegamos a las vías, las seguimos (cosa que debimos hacer en un principio, y no hacerle caso al señor de la bici) vimos un minibús que estaba por partir y nos trepamos exhaustas.

En el hostel, lo dicho, Jesús ya estaba listo para ir por el pollo. Nos bañamos. Y con Joe, reciente compañero inglés fuimos al comedor de Esteban. Relajados, después de tremenda caminata, comimos y tomamos. Bueno, no tendremos "Valle de los Machos" pero si tenemos un "rico pajarito" (Joe).

Dieter y Betty


Como para terminar la noche buscamos un lugar donde tomar un trago, fuimos hasta la plaza principal, fumamos cigarrillos armados por Jesús y preguntamos adonde ir. Llegamos al bar de Dieter y Betty. Ambiente psicodélico de luces rojas y amarillas. Música boliviana. Rock&roll. Canciones de los años 60. Extraño cóctel. Miramos la carta largo rato. Nombres de tragos extraños. Yo fernet. Nos intercambiamos los tragos. Nadie quiso probar el fernet. Pantalla de televisión. Fútbol inglés. Discuto con Joe sobre Maradona. El famoso gol. Al final admite su maestría. Jesús le saca fotos a la carta de tragos. Se enamoró. De la carta. Marcela y yo nos sacamos fotos. Betty nos saca una foto a los cuatro. Más juntos dice. Jesús se guarda la carta en la mochila. Otro trago, otro trago... Nos vamos caminando despacio. A dormir. Nos siguen. Hace como cinco o seis cuadras que nos siguen. Señores, vengan por favor. Ha faltado una carta. Jesús abriendo la mochila. Devolviendo la carta. Como para cerrar la noche y no perder la costumbre. Un papelón.

¿Por qué me enamoré de Tupiza?


Tal vez porque llegué a ella por casualidad.

Porque fueron 4 días de tranquilidad en una pequeña ciudad completamente rodeada por montañas.

Porque tengo una deuda pendiente con ella: llegar al Valle de los Machos.

martes, 4 de mayo de 2010

MIL SIGLOS DE TIERRA


Forastero es ese individuo que llega a un pueblo (el cine nos dice que si es en el Lejano Oeste mucho mejor) con algún equipaje, aire de misterio. Cuando el forastero pasa la gente murmura mil cosas sobre su procedencia, objetivo de su presencia, posible contenido de su equipaje.

Uh, llegando a Susques tuve esa sensación por primera vez, ser forastera. Y fue tan fuerte que deseé como muy pocas veces tener un compañero de camino.

Después de los colores de Purmamarca, (como escenografía de una obra sobre “La Belleza Ideal” transcurriendo en un pueblito bucólico) que lugar no parecería extremo, árido, ingrato… (¿?)
Pero bien sé que no puedo estar sin los contrastes. Por más que los padezca, los extremos me generan fuertes movimientos sísmicos. Lo sé de sobra; y aún así los busco.

Bueno, estas llegadas difíciles con sus desencantos abismales, duran sólo un rato, un par de horas si más.
Y ahí estoy de frente a Susques… que decir…
Tierra marrón, cerros, tierra, casas-cerros-marrón, siglos de arena, gente de tierra, viento marrón…
Debo acostumbrarme, readaptarme al color, empezar a percibir la riqueza de los colores tierra, sus matices, texturas, materiales. El cambio brusco de color me desorienta, tengo que separar las casas de los cerros, la gente de las casas.


Camino sin librarme del desasosiego, algo perdida, sin brújula, por inercia. A veces me reprocho la terquedad de llegar a lugares por una caprichosa intuición, que va a ser. Estoy sola y hablo mucho conmigo misma, me reto o me felicito.

Al otro día y como si fuera cosa de magia (la noche cayó como velo ocultando los pesares) la historia es diferente.
Los rayos de sol entibian la mañana en la puna y después de buen desayuno deambulo las calles en otro papel.
Parece que la noche susqueña me ha aceptado (y hoy soy un poco de allí). Hasta percibo una mirada diferente en las personas, una atención, una espera.

Muchos buen día señorita con dientes blancos. Y que es ese cerro? Allí se hacen las procesiones. Elba barriendo el portal de Nuestra Señora de Belén. Las llaves. Y esa atmósfera de sueño. Facunda y los estudios ambientales y la minería, la gente del pueblo y Susques y la vida. Los niños salieron del jardín a dar una vuelta por la principal. Todos de la mano. Narciso y sus 83 ve pasar la vida al sol. La policía, otro tiempo, los jóvenes y algo hay que hacer. Los camioneros chilenos y su acento. ¿Señorita ya vió la Iglesia? Y las chicas parcas del hostal. Empanadas de carne. La Terminal desierta. El sopor de un mediodía. Y tantos años sin llover.

Susques y sus mil siglos de tierra. No lo entendería sin sus marrones. Y esa montaña cónica que parece dominar el mundo. Sin su dureza y ternura. Y esos pocos verdes que lograron nacer.

Lo dejo atrás con tal sensación de bienestar que no comprendo quien era yo el día anterior. Mientras pienso cuanto mundo queda por conocer, mis ojos se entrecierran por el fulgor de las Salinas Grandes.

lunes, 3 de mayo de 2010

UN DESPERTAR Y DE NUEVO AL SUEÑO

Juicios previos

De este sitio solo sé que tiene un lindo nombre, como de comarca idilíca. Solo sé que se ve en las fotos como una postal trabajada con photoshop. De este pueblo sé que es el destino casi obligado para quienes visitan Jujuy. Sé que nadie diría que es feo. Sé que en el mapa se forma una V desde San Salvador. Una va hacia ahí, la otra pata va a Tilcara. De este lugar sé que hay 45 minutos desde la capital. Sé que es la primer parada de mi viaje.


Una realidad oscura
Mi primer encuentro o encontronazo con la comarca bucólica se da en pleno carnaval. Noche cerrada que no permite adivinar coloridas vistas, solo deslizarse por las calles con mínimas nociones de derecha-izquierda, hombre-mujer, entalcado, tambaleante, ladrillo-árbol.
La circunstancia de noche festiva es perfecta, pero no para mí en ese momento. Casas de familia y hostels completos, posibles informantes ebrios y precios exhorbitantes para mí, mujer sola en noche cerrada de carnaval con mochila-karma y demás bártulos.
La primera impresión me dejó un poco deprimida, con mis euforias y positivismos por el suelo, pero el mal no dura 100 años y al final de una larga calle encontré una hostería que tenía una cama por 35 $. Adentro.




Despertando los colores
Los inicios me resultan complicados, sin duda. Pero que bien sale todo después. Me desperté temprano, nadie levantado todavía. Me asomé afuera. Uffff, dudé de haberme despertado, porque enseguida entré en el sueño.
Mejor lugar no podía haber elegido en la noche, con una dudosa orientación de murciélago.
Rodeada de montañas todavía cubiertas con la bruma de la noche, los colores aún pálidos, pero despertando del negro. Me sorprendió el sonido del silencio. El sonido del silencio mezclado con el de algún pájaro, con el de los árboles. El sonido del mundo que todavía no es.
Ansiosa, dudaba si tomar el mate afuera, en ese entorno perfecto. O lo tomaba dentro porque hacía mucho frío. O lo tomaba rápido para salir por ahí. O no lo tomaba ahora y lo dejaba para después. Mi ansiedad en los viajes es notoria.

En el camino se va develando Purmamarca


Cuando no hay nadie en las calles es que mejor se conocen los lugares.

Los banderines de vereda a vereda nos hablan del carnaval que fue, es y será en estos lugares andinos. Los colores de los triángulos me remiten a los de las montañas que se van limpiando de bruma.


En información turística a grandes trazos "que se puede hacer en" :
Plaza
Feria Artesanal
Iglesia
Los Colorados
Primera pista sobre Susques

Esa mujer riega su vereda con esmero en una mañana en la que no ha asomado el sol. Me alejo de ella, la miro hacer. Me alejo más y ella se hace parte del paisaje, la vereda, su casa, los cerros de colores, el cielo azul, las nubes. De nuevo la sensación de que lo ordinario y lo sublime son la misma cosa.

Ropa húmeda colgando de cordeles insertos en esos cerros, esos colores. Siento su olor a ropa de amanecer. Aspiro hondo y sigo caminando.

Un cementario en las montañas es un cementerio de altura. Las cruces rozan las nubes, las almas ascienden más alto. Me maravillan las flores de papel. Esa mezcla perfecta de simplicidad y elegancia.


Los feriantes empiezan despacio a armar los puestos en torno a la plaza. Bostezan, los ojos chicos, el aire fresco.

La Iglesia permanece limpia tras los arcos también blancos. Las campanas inmóviles. Los bancos firmes, los santos todos en su lugar.

El mundo empieza a ser mundo y sucede mi verdadero encuentro. Ya libre de preconceptos y a plena luz, casi sin testigos.

Apreciaciones finales

En Purmamarca no corre mi ley de la belleza no es fácil. Ahí la belleza brota del centro de la tierra, se extiende en colores y texturas por los cuatro puntos cardinales. No hay que hacer nada para que ella venga, ni siquiera ir a buscarla. Hay belleza de sobra y para rato.
En Purmamarca el turismo se ha desbordado, me da la sensación de que está de moda. Hay en este lugar más extraños que locales. En horas de luz la feria de la plaza estalla en compradores. Se nota mucha construcción, nuevas habitaciones, nuevos albergues. Sin embargo dicen que es difícil para alguien instalarse ahí, el paseante golondrina deja más réditos. Si nos alejamos de las calles principales, subimos las cuestas, nos metemos en un comedor local, ahí nos acercamos si quiera un poco a la idiosincracia de la bella comarca. Si no lo hacemos acaso nos parecería una enorme escenografía de la belleza ideal, una gran obra que siempre tiene las butacas llenas.