Dorys no es un ángel. Pero como si lo fuera. Ella nos habla de Los Angelitos. Ni lerda ni perezosa le pregunto la dirección exacta y mirando el mapa de subtes, me sitúo. Me imagino, ansiosa, en ese lugar mítico y porteño, del barrio de Once.
Y de nuevo nos dejamos perder con Gigi. Esta vez en el subterráneo. Hablando de viajes, de sueños, deseamos extraviarnos. Varias veces nos pasamos de estación y debemos volver hacia atrás. Siempre alguien que nos pide el plano, nos auxilia, nos aconseja, nos dice que ya debemos bajar. Se nos ha hecho costumbre eso de ser tan distraídas. Algo primordial, casi necesario.
Pensamos si algún día llegaremos al café. Caminamos por Rivadavia y en la esquina de Rincón lo divisamos. Una emoción oculta nos embarga. Muy distinto al Tortoni, una esquina con enormes vidrieras y un vitreaux muy llamativo en la puerta de entrada. Aquí no hay que hacer cola.
Enseguida percibo el aura de los viejos cafés. Las pequeñas mesas y sillas de madera, sencillas pero lustrosas, sobre esos pisos que parecen unos tapices de marrones, beiges y chocolates. Es un día feriado y la gente se ve tranquila ocupando las mesas de a dos. Algunos con cafés, otros con almuerzos. Pensar que los que venían a este café en las viejas épocas no eran para nada unos angelitos. De ahí su irónico nombre.

Me dejo llevar por el telón colorado de las orquestas típicas, la pila de pan dulces bajo la pareja tanguera al estilo Tiffany, la escalera que baja al baño con alfombra rojo Oscars, el tipo en musculosa de la mesa del fondo, el ir y venir de los mozos y bandejas, la gente que pasa frente a las enormes vidrieras.
Aspiré profundo y mirando hacia arriba pude ver los ángeles volar.
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